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12 de enero de 2009

La singularidad del trauma.

Cada día, mujeres de todas las regiones, viven situaciones de violencia en nuestra sociedad. Ya sean episodios de violencia psicológica, física, sexual o económica, las consecuencias de estos abusos pueden ser diversas y muy graves. Generalmente, las mujeres que viven violencia en la pareja suelen presentar diversos malestares y trastornos, siendo muy frecuente que sientan miedo, tanto por la violencia como por las consecuencias que puedan tener si deciden abrir el problema. Así, suelen verse atrapadas en el dilema entre terminar con la violencia, pero al mismo tiempo sentirse ligadas a su pareja o al padre de sus hijos, es decir, cómo elegir entre dos cosas que se quieren a la vez; no vivir violencia y al hombre que se tiene al lado. Por lo tanto, una sensación de indefensión las agobia, no saben cómo manejar la situación y tienden a pensar que no es tan grave el maltrato que viven en comparación a lo que podría implicar separarse de ese ser amado.

La vergüenza las suele embargar, y esto contribuye al aislamiento que poco a poco han ido construyendo en su vida. Suelen sentirse desanimadas o que merecen el castigo por algún hecho que hayan cometido, o por no cumplir con el ideal de lo que debe ser una mujer: obediente, cariñosa, amable, etc.

Si bien podemos encontrar múltiples consecuencias comunes del hecho de vivir violencia en la pareja, lo cierto es que cada mujer la vive según la singularidad de su historia y de aquellos valores, creencias, ideales que le hayan sido transmitidos. Existe un componente cultural respecto a qué significa ser mujer, donde cada una se inserta; ideales de mujer, de madre, de esposa, de hija, de cuidadora, donde cada una encuentra un lugar donde identificarse y construir su propia identidad. Pero también, cada una elige un modo particular y singular de colgarse a esos ideales, una mujer resonará de diversas formas según quien esté delante, deberá ser más pasiva, más amable, más cocinera, tendrá que trabajar o no, y así una multitud de frases.

Es en este contexto donde se produce el trauma que genera la violencia en la pareja, y van a ser estas singularidades las que marcarán el trauma y sus consecuencias. La violencia es vivida por cada mujer de una manera particular, para algunas es una repetición de la infancia, para otras será un castigo, incluso un castigo divino por haber desobedecido, incluso podrá ser una demostración de afecto, de preocupación del otro. Es así, como vemos que lo más relevante es la posición que adopte cada una ante este trauma, ya que esa posición nos habla de su subjetividad, de su identidad y de cómo se ha ido construyendo en la vida. Es desde esa particularidad que es posible reconstruirse, reparar un hecho traumático que ha podido arrasar con lo más profundo de la identidad. Retomando esas posiciones se puede comenzar el trabajo de comprender aquello que ocurrió, cómo se pudo llegar a esa situación y cómo fue posible mantenerla. Es desde allí que es posible perdonarse a sí mismo y trabajar la culpa, el dolor, la impotencia y la rabia.

De esa forma, se podrá no sólo reparar el daño que produjo la violencia, sino que también, será posible liberarse de la obediencia que aquellos mandatos imponían. Será posible construirse una identidad más libre, y con menor malestar respecto al lugar que se la ha asignado por el hecho de ser mujer, de ser mujer en esa cultura, en esa familia. Si pensamos en mujeres que viven violencia, tenemos que pensar que cada una lo hace de una manera personal y diferente, todas sienten dolor, pero cada una lo hace de una manera especial; por los hijos, porque se está defraudando a su propia madre, porque no consigue hacer feliz a su pareja, etc. Y para poder aliviar ese dolor, es necesario darle cabida al malestar de cada una, escuchar lo particular del trauma.

María Isabel Fernández
Psicóloga Clínica
Centro Clínico y de Investigación Templanza

La amenaza de una mala mujer.

¿Por qué la mujer es foco de violencia en nuestra sociedad? claramente no es una pregunta que se pueda responder ni fácil ni directamente y la invitación es más bien a pensar en torno a ciertas dimensiones del lugar de la mujer dentro de la problemática de la violencia de género. Violencia cuyas evidencias o señales en muchos casos se hacen invisibles para quienes viven esta situación y por lo tanto son silenciadas y aceptadas como si fueran condiciones dadas a su identidad sexual, o más bien, a su posición en un determinado orden social, sin reparos, o por lo menos si los hay, estos no son dichos e incluso a veces ni siquiera son posibles de ser pensados.

El hecho de ser mujer, o más bien de ocupar el lugar de mujer, trae consigo una serie de implicancias provenientes de las creencias y significaciones que cultural e históricamente se han atribuido al rol de la mujer. Las que han sido develadas, en gran parte, por los estudios realizados desde la perspectiva de Género.

Al nombrar “hombre” o “mujer” a un sujeto de acuerdo a su anatomía se está apelando no sólo a su cuerpo, se está hablando de un lugar, de un territorio simbólico en el que hay prescripciones y prohibiciones que indican cómo se es hombre y cómo se es mujer.

Al explorar cualquiera de estos dos territorios es posible constatar que las identidades que surgen a partir de éstos siempre se construyen en relación al otro. Se existe en uno u en otro lugar. Se es hombre o se es mujer.

Ser mujer significa adoptar una serie de códigos que se traducen en determinadas conductas y creencias que definen un límite o una frontera que demarca y que dan cuenta de la apropiación de un cuerpo físico y psíquico marcado por su anatomía sexual.

Si bien el contenido de las representaciones que definen lo que significa ser mujer varían de acuerdo al contexto histórico cultural, en torno a lo que clásicamente se espera de una mujer, de una buena mujer, podríamos enumerar una serie de afirmaciones como que ella es la fuente de los afectos y los cuidados al otro, es quien debe cuidar el hogar, quien cría a los hijos, atiende al marido, es pura, es fiel. La mujer está relegada a la casa, ese es su lugar. De lo contrario no será una buena mujer. Si no tiene hijos, si no es emotiva ni afectuosa, si no es fiel, algo ha fallado.

Hay una estructura social en la que el lugar de la familia es considerada de gran relevancia y quien es la encargada de que esta subestructura (la familia) funcione adecuadamente es la mujer. De acuerdo a esto último, una buena mujer es de su casa y está excluida del ámbito del trabajo, la política y la producción cultural. Y quizás si actualizamos relativamente esta afirmación, podríamos decir que una buena mujer sí puede trabajar, pero no puede abandonar los elementos que hacen referencia al cuidado de su hogar.

¿Por qué no?.... porque si bien ha desafiado la estructura de poderes en los que se sustenta el ordenamiento social y de alguna manera se ha apropiado de un poder esencialmente masculino, al que ella por derecho natural no tiene acceso, transgrediendo la frontera que demarcaba su lugar y el del otro, una cosa peor todavía es la de dejar de lado las obligaciones que definen a la mujer, por lo menos a las buenas.

¿En función de qué es necesaria una definición tan drástica de la identidad de género? Porque tal como se mencionó unas líneas atrás, la diferencia de género se construye en base a una relación dicotómica y la identidad de uno depende de la definición del otro. En este sentido, toda trasgresión planteada o ejecutada por la mujer instala un cuestionamiento a la identidad del hombre. No sólo eso, también activa la maquinaria de poder masculino, que a través de un discurso hegemónico descalifica y actúa de manera punitiva sobre aquellas mujeres que desafían el orden establecido, representando la oposición a lo que una buena mujer debe ser.

La amenaza de una mala mujer se traduce en la amenaza de una no mujer y por lo tanto también en la amenaza de un no hombre. Malas mujeres que plantean la existencia de lugares diferentes, territorios nuevos o por lo menos no explorados, cuyas fronteras no están dibujadas y que por lo tanto desafían la certeza de aquello que antes se podría haber afirmado conocer y daba la posibilidad de denominarlo sin duda alguna.

Amenazas que hacen evidentes la relación de dominio – sometimiento en la que se construye el orden social, donde los más débiles, las mujeres entre otros, deben ser sometidos ¿Cuál es la promesa de este sometimiento? Dar lo que ellas no tienen. Protección y valoración social al espacio en el que las mujeres sí podrían desenvolverse.

Promesa que exige una retribución, pide obediencia. Promesa que se construye sobre el abuso y anulación de ciertos sujetos. Abuso que se traduce en violencia. Violencia que puede tomar diferentes formas: control, golpes, insultos, marginación, diferencia de ingresos, menor empleabilidad, etc.

Obediencia - sometimiento que se significa como reciprocidad que permite a la vez aquietar, o adormecer, las preguntas y el malestar que cada sujeto pueda experimentar al ubicarse en el lugar al que se le ha designado por el hecho de haber nacido hombre o mujer.

Sometimiento que a algunos acomoda, pero que lleva consigo violencia. Sin embargo, ésta no siempre es evidente y el hecho de visibilizarla, por ejemplo por medio de la opción de ser una “mala mujer”, es socialmente juzgado y castigado.


Carmen Paz Castillo Vial
Psicóloga
Centro Clínico y de Investigación Templanza

Construcción del género en sistemas de marginalidad social: sus efectos en la subjetividad adolescente.

La categoría de Género, entendida ésta como la interpretación y valoración cultural de la diferencia sexual anatómica, puede ser o no ser leída incluyendo otras categorías de análisis. Podría pensarse que bastaría con el estudio de las prácticas de roles de género para aplicar determinadas políticas públicas en distintas dimensiones (salud, educación, seguridad ciudadana); no obstante, el género –como constructo y práctica de poder- no se desmarca del amplio entramado social que le perpetúa.
En esta línea, no sería suficiente pensar dos grandes conjuntos (femenino / masculino) para determinar de manera unívoca las eventuales soluciones al problema de la violencia estructural en torno al género; será necesario incluir subsistemas de análisis en conformidad a la complejidad cultural y a los distintos efectos que trae en cada sujeto las particularidades que le afectan. Se propone, entonces, incluir con urgencia las categorías etáreas y de clase (Fuller, 1993), en razón de que estas condiciones marcan el origen y destino de cómo se vivencia el género, su construcción y los avatares psíquicos ligados a él; también esta apuesta se justifica en que dichas categorías también implican ejercicio de poder, violencia y exclusión.
La adolescencia, como construcción social, tendrá como fin afianzar las fantasmatizaciones en torno a los ideales de lo femenino y masculino en concordancia al propio género y al género-otro, en todos los registros posibles (vincular, laboral, sexual, entre otros). La niña se inscribe en el pacto social, asumiendo un listado de renuncias (y re-nupcias en materia de identificaciones), conllevando esto a una serie de transformaciones tanto en lo real como en lo simbólico. El valor y ubicación social que logre la sujeto estará definido por los cumplimientos de dichos ideales; también los castigos sociales al no cumplirlos, con las consecuentes salidas hacia la enfermedad mental (en ambos casos) Evidentemente, esta asignación se fragmenta según el origen social y económico de cada mujer.
¿Qué se espera de la joven en situación de vulnerabilidad social? ¿Qué mandatos pre-escriben el ser mujer en la marginalidad? Como prácticas vinculantes, resaltan de inmediato una sexualidad ejercida precozmente y la maternidad. Desglosamos lo anterior.
Resalta en el discurso de las jóvenes, tanto a nivel individual como colectivo, la búsqueda de intimidad en un mundo que aparece como exhibición, ofrecimiento, hacinamiento, alienación; la sexualidad se aprecia como instancia exclusiva de ser dos, de subjetivizarse en sí y para el otro, de la posibilidad de reconocerse un cuerpo nuevo, difícilmente nombrado con anterioridad. Es la sexualidad -en este punto- la promesa de humanizar su cuerpo: dentro del mundo de la necesidad (del hambre, del frío, de la contingencia que pone en duda la sobrevivencia), aparece de pronto el deseo del otro, se es mirada; esa es la narración.
Como efecto de lo anterior, aparece la maternidad –inesperada pero deseada al mismo tiempo-, como “un tapón, y suprime la angustia. La mujer está llena; incluso está llena hasta estallar” (Lemoine-Luccioni, 2001. p. 21). La muchacha, que dadas sus ubicaciones etáreas, de clase y de género, se encontraba sumida en una triple marginalidad y exclusión, encinta logra ser reconocida, logra apropiarse de su producción, o más bien, logra reproducir eso exigido. Existe un paso desde el no lugar hacia el ser madre. El embarazo llena una identidad definida de manera negativizada, la llena al punto de situar a la adolescente como un problema de salud dentro de un plan de política pública: Madres Adolescentes.
No obstante estos intentos subjetivos por aparecer, se vuelven con el tiempo, innecesarios: la sexualidad y la maternidad como vertiente no parecen ser vividas sino como los signos de la condena que prescribe la potencia nunca actualizada (Irigaray, 1974). Lo que en un momento se presentaba como las alternativas para salir de eso, se vuelven en los muros que impiden con fuerza la movilidad subjetiva, nuevamente desplazada hacia lo ¿privado?
En materia terapéutica, tanto con mujeres jóvenes como con adultas, surge la interrogante por las decisiones tomadas, por las posibilidades pasadas, por lo perdido en la medida de lo ganado. Aparece la novela familiar, también la social - política. En retrospectiva, en forma de recuerdos, se re-construyen esas escenas míticas que con probabilidad no habían sido dadas en palabras sino que hasta ese momento. La escucha de esos discursos, dentro del marco de la relación terapéutica, brinda entonces ese reconocimiento: las decisiones no se evalúan ya como buenas o malas, son marca de una sujeto que aparece en su historia, y va haciéndola propia.
Textos referencias

- Fuller, N (1993) “Clase, raza etnia e intercambios conyugales entre los varones urbanos del Perú”. Texto presentado en Grupo de trabajo Trabalho.
- Irigaray, L (1974). Speculum; espéculo de la otra mujer. Madrid. Ed. Saltés.
- Lemoine-Luccioni, Eugénie. (2001) La partición de las mujeres. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Donna Jana Aguirre
Psicóloga Clínica
Centro Clínico y de Investigación Templanza

30 de diciembre de 2008

El derecho a gozar de un cuerpo que no fue hecho a imagen y semejanza

Ser mujer es otra cosa que una marca anatómica. Ser mujer se trata de cómo se produce una persona desde un determinado cuerpo, en una determinada cultura.
La criatura humana al nacer es inmadura. No está capacitada para sobrevivir. Tiene que ser tratada, atendida por alguien para convertirse en persona. Ese alguien es parte de la misma cultura que la criatura humana, y mientras lo cría, le transmite cultura, de manera explícita y sobre todo implícita. Algo tan natural como el cuerpo humano se forma, se define, se erogeniza, se nombra, desde este vínculo primario fundamental. Cuando alguien viste, alimenta, lava, trata un cuerpo, lo forma. Tapa lo que se tapa, toca lo que se toca. Así se forma un cuerpo. Escribe y traza sobre ese cuerpo, y lo nombra.


Esa carne se transforma en cuerpo. Y pasa algo fundamental, ese cuerpo es sexuado. Desde y sobre una marca anatómica se escribe un género, y esa escritura es fundamental. Se transforma en una certeza, en una certeza que se funda en una dicotomía. Una dicotomía que se establece sobre una marca anatómica visible. Se es hombre o se es mujer.

Uno de los problemas es que al estar inmersos en la cultura y en el lenguaje, es decir, al depender de un ordenamiento simbólico, ese ser ya no se define por una naturaleza o una escencia, sino que el ser está mediado por el lenguaje. Ser hombre y ser mujer entonces será una cuestión de lenguaje.

Y por ser una cuestión de lenguaje es también una cuestión de ideales. Ese es uno de los ejes del malestar psicológico: la distancia entre esa definición ideal del género y las posibilidades de identificarse con ese ideal.

Por eso el género tiene que ver con la salud mental, porque la identidad de género es fundante, estricta y al mismo tiempo ilusoria.

Hay rasgos que sentencian lo que es hombre y lo que es ser mujer. Rasgos que alienan al sujeto, que lo vuelven dependiente del orden simbólico, que lo neurotizan. Rasgos que dependen del Otro, de ese Otro que tiene el poder de nombrar al sujeto, de reconocerlo. De reconocerlo como hombre o como mujer.
Los estereotipos de género promueven que las personas simbolicen, elaboren y expresen sus experiencias de diferente manera si pertenecen a un género o al otro. Las experiencias ligadas al cuerpo y a la esfera afectiva se tramitan de diferente manera de acuerdo al género de quien las vive. La salud mental, que tiene que ver con cómo elaboramos estas experiencias, se relaciona entonces con el género. Como ejemplo de lo anterior se encuentra el fenómeno de los trastornos de somatización.

Investigaciones muestran que los trastornos de somatización se caracterizan por síntomas somáticos inexplicables adecuadamente en base a alteraciones físicas o de laboratorio. Generalmente comienzan antes de los treinta años y se caracterizan por una combinación de síntomas dolorosos, gastrointestinales, sexuales y pseudo neurológicos. Los estudios epidemiológicos fijan la prevalencia de este trastorno en un 0,5% de la población general. Lo que es interesante es que se muestra un notable predominio femenino: 5 a 20 veces más mujeres que hombres la presentan. Es interesante también, como problema del sector salud, que las consultas de médicos generales o de nivel primario de atención, alrededor del 10% de dichas consultas son por este tipo de trastornos.

¿Qué le pasa al cuerpo femenino que se afecta más por variables psicológicas que el cuerpo masculino? ¿Por qué es más utilizado ese cuerpo femenino para manifestar el malestar psicológico? ¿Qué le pasa a la mujer con la palabra, con el uso de la palabra que opta por tramitar su malestar a través del cuerpo? Estas son interpretaciones posibles para este fenómeno clínico.

Un cuerpo complejo en nuestra sociedad, y en el ámbito científico, desconocido a veces. Desconocido por la ciencia, y por las propias mujeres. Un cuerpo dejado de lado en nuestra cultura, donde es prioridad sólo si se trata de un cuerpo-cáscara estético ofrecido a la mirada del otro, y de las otras; o si se trata de un cuerpo maternante. La salud mental tiene que ver con el cuerpo porque el cuerpo es el espacio y la materia sobre la cual, y con la cual, el ser humano accede a la experiencia. El cuerpo se alegra, se angustia, se aprieta; el cuerpo duele, tiembla, y desde ese sentir, la experiencia se transforma en lenguaje, en palabra, en experiencia hablada, humana, cognoscible y transmisible.

¿Cómo está el cuerpo femenino hoy en Chile? Enfermo, maltratado, asesinado. El femicidio no cede, y la violencia hacia la mujer es un problema de salud pública. Cuerpo que puede ser maltratado por otro, y eso se permite: lo permite la mujer, lo permite el hombre, lo permiten los terceros que participan de manera silenciosa y cómplice del maltrato, lo permiten los representantes de la ley, los otros, los pares y los ideales. Para una mujer maltratada en la infancia, alguien, ese Otro fundamental, lo permitió en la época de extrema dependencia, y entonces se sigue permitiendo en la edad adulta.

Lo desconocido del cuerpo, ese interior, erógeno y maternante, se vuelve a veces por su carácter enigmático en comparación con el cuerpo masculino, en un escenario oscuro, prohibido, amenazante, censurado. Se convierte entonces en un lugar al que enviamos nuestros temores, ansiedades, angustias.

¿Cómo devolverle cotidianamente al cuerpo su capacidad erógena, su potencialidad de ser fuente de placer, de descanso y de vida? ¿Cómo devolverle a la mujer la responsabilidad y el derecho de hacer de su cuerpo un campo para el autoconocimiento; para encontrar en él y junto a él el eco de sus sueños, de sus sentimientos y afectos?


Mariana Fagalde Cuevas

Psicóloga Clínica
Centro Clínico y de Investigación La Morada